jueves, 9 de septiembre de 2010

El Viaje. Por Marcela Jiliberto Zepeda

Hace un año, a fines del verano, me informaron que ese día harías el viaje con un cien por ciento de seguridad, que tu embarcación ya se encontraba atracada en el muelle preparada para conducirte. No me podían precisar la hora pero debía permanecer alerta. Pregunté si te podía acompañar durante la espera y su respuesta fue negativa pero me prometieron avisarme tan pronto te dirigieras al muelle. Efectivamente a las primeras horas de la madrugada me avisaron que te aprestabas a abordar tu nave.

Corrí al embarcadero para llegar antes de que partieras para despedirme de ti aunque fuera con un gesto, una mirada, pero llegué tarde, tu embarcación ya se deslizaba por sobre las olas alejándote del muelle.

Dabas la espalda a la orilla y solo podía ver tu rubio y ensortijado cabello agitado por la brisa. Te llamé para que volvieras la cabeza y a la distancia decirte un adiós pero mirabas fijamente un punto en la lejanía y no reaccionaste. Elevé la voz pensando que el ruido que producía el oleaje impedía me escucharas, pero tampoco respondiste, entonces me resigné a ver como te alejabas cada vez más.

Al ver como te distanciabas algo se desprendió de mi y voló a tu encuentro para acompañarte en tu viaje. De repente, una densa neblina los cubrió y no volví a verte.

Lentamente agobiada por la tristeza retorné a nuestra vieja casona familiar, que ha cobijado a tres generaciones de nuestra familia. Desde que te fuiste en forma tan repentina se ha tornado más vieja aún, como conciente que ya no habrá otra generación que la habiten y solo resta venderla para ser demolida.

Tras tu partida varias de nuestras mascotas te siguieron y hasta las cosas materiales reaccionaron, tu notebook apagó su pantalla para siempre.

Por mi parte y por mucho tiempo cada noche te evoqué, como aún lo hago, y entre lágrimas te pedí me visitaras en sueños para saber de ti, pero jamás lo hiciste y perdí toda esperanza.

Aunque la vida ha continuado con sus responsabilidades y compromisos, y debo agradecer el apoyo de muchas personas que entienden la desgracia de lo que es perder a una hija única y la soledad que eso significa, ahora a pesar del tiempo transcurrido solo espero que mi propia embarcación se ubique en el muelle y me lleve a realizar mi propio viaje.

Estoy conciente que no existe ninguna certeza de que volvamos a encontrarnos en ese enorme mar de la eternidad, pero si se que ya no volveré a sentir el dolor y la tristeza que permanentemente me embarga, porque Daniela mi adorada hija entonces ambas estaremos realizando el mismo viaje.

Te quiere por siempre tu tía mamá.

Marcela.